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Vania Figueroa, neurocientífica: “Estamos hipotecando nuestro futuro si no aseguramos un desarrollo en investigación que sea inclusivo”

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Soy Vania Figueroa Ipinza y vivo en la comuna de Machalí, en la Región de O’Higgins. Soy bioquímica de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso (PUCV) y doctora en Ciencias, mención Neurociencias, de la Universidad de Valparaíso (UV).

Vania Figueroa Ipinza

El estímulo siempre vino de mis padres. A los 11 años, me regalaron un microscopio de juguete. Y la primera vez que lo usé, supe que sería científica. En el pregrado, la profesora Diana Delgado Disselkoen fue mi referente. Ella fue mi profesora de Química en la PUCV y una mujer extraordinaria; excelente docente y también muy humana, su liderazgo fue inspirador para mí. Me gustaría pensar que también puedo inspirar a mis estudiantes a conquistar sus metas, como ella lo hizo conmigo.

Actualmente soy académica del Instituto de Ciencias de la Salud de la Universidad de O´Higgins. Intento comprender cómo los ácidos grasos esenciales de la dieta influyen en la comunicación celular, mediada por proteínas de la membrana celular llamadas conexinas, con especial interés en la nutrición materna y su impacto en la generación de nuevas neuronas durante el desarrollo.

Mi actividad académica la complemento con el activismo para promover la participación, la voz y la visibilidad de las niñas y las mujeres en áreas STEAM (Ciencia, Tecnología, Ingenierías, Artes y Matemáticas); trabajo que desempeño a través de mi participación en dos organizaciones sin fines de lucro, la Red de Investigadoras chilenas y la Fundación Hay Mujeres.

He tenido una carrera profesional muy productiva, con logros académicos significativos, enfrentando en el camino los mismos obstáculos que enfrenta cualquier mujer cuando se abre paso en una carrera de ciencias y en un espacio donde predominan hombres.

Mi mayor logro es contribuir, desde la sociedad civil y mi posición académica, a que hoy en Chile se esté hablando cada vez más de la participación de mujeres en investigación en todas las áreas del conocimiento. Por cierto que esto no es un logro mío, son muchas las organizaciones que han empujado este carro a nivel nacional e internacional, y para mí es motivo de orgullo estar aportando mi grano de arena. En la misma línea, el lanzamiento del libro el Estado y las Mujeres: el complejo camino hacia una necesaria transformación de las instituciones (RiL editores), en marzo de este año, es una consecución que me tiene muy contenta. Javiera Arce, cientista política, fue la editora de este libro, y quien tuvo la visionaria idea de convocar a un grupo de expertas, de las más diversas disciplinas, a pensar en la interacción de las instituciones del Estado con las mujeres, y cómo éstas tienen responsabilidad y contribuyen en la permanencia de las brechas de género en distintos ámbitos. Este libro es una invitación a visibilizar esta problemática y cambiar para progresar. Este es uno de los logros que me tiene muy contenta este año.

Hemos avanzado, pero falta muchísimo. Existen muchas iniciativas impulsadas desde el Estado, como la incorporación del enfoque de género en el currículo nacional, implementado por el Ministerio de Educación; el programa Explora de Conicyt, que también ha impulsado iniciativas importantes en esta materia; la campaña Regala Igualdad del Ministerio de la Mujer y la Equidad de Género, entre otras. Existen, también, intenciones desde la sociedad civil; sin embargo, aún mantenemos una enorme brecha en la participación de mujeres en áreas STEAM (Ciencia, Tecnología, Ingenierías, Artes y Matemáticas), la que es posible observar desde la educación escolar. Esto tiene causas estructurales, por lo tanto no basta con iniciativas desarticuladas, es necesario también una estrategia transversal.

Los estereotipos de género, que alejan a las niñas de la ciencia, están arraigados culturalmente, y son reproducidos por personas adultas del entorno, como padres, madres, profesores y profesoras… El relato histórico ha invisibilizado la participación de las mujeres en STEAM. Los medios de comunicación han contribuido a esto también, por ello faltan referentes que inspiren a las niñas.

Pese a todo, existen ONG como Inspiring Girls Chile que abordan la inequidad de género en distintas áreas con muy buenos resultados. Pero es necesario que estas actividades se masifiquen y lleguen a todos los rincones del país. Se necesita una fuerte y decidida inversión pública en esta materia, una estrategia de largo plazo, con intervenciones a gran escala y en todos los niveles de nuestra sociedad actual.

La mitad de las mentes brillantes del país se están perdiendo. Estamos perdiendo sostenidamente talentos y posibilidades de desarrollo para el progreso social y económico.

Cuando la actividad científica se convirtió en una práctica estructurada en la historia, fue capturada por el género masculino. Las diferentes culturas asignaron a las mujeres labores de cuidado y oportunidades de desarrollo circunscritas al ámbito privado. Esto fue reproduciéndose a lo largo de la historia y transmitiéndose de generación en generación.

Se nos negó el ingreso a la universidad y, cuando pudimos acceder, enfrentamos la segregación por áreas del conocimiento. Se nos permitieron ciertas carreras profesionales, justamente aquellas que reproducen roles de cuidado. Se nos negó por mucho tiempo la posibilidad de realizar cátedras, de enseñar en las universidades, también el acceso a las jerarquías superiores. Este último punto sigue ocurriendo hasta el día de hoy, obviamente no declarado en un reglamento ni a viva voz: eso sería inaceptable e insostenible en la actualidad, pero sí a través de micromachismos, de la falta de reconocimiento del liderazgo de las mujeres. La meritocracia funciona para un solo género y no es el femenino.

Jacqueline Sepúlveda compitió en las elecciones de Rectoría de la Universidad de Concepción, con un programa extraordinario, maduro, que proponía un nuevo modelo de universidad, pero no resultó electa. Una encuesta realizada por la Red Investigadoras reveló que las mujeres no se presentan a estos cargos porque creen que no votaran por ellas. El reconocimiento de los pares masculinos es un problema que está estudiado, la sobrevaloración del mérito masculino es un fenómeno que se da en todo nivel.

A las mujeres se las mide con una vara distinta. Existe vasta literatura científica que respalda con evidencia este fenómeno. Tanto en la academia como en las empresas, ocurre exactamente lo mismo. La respuesta más común cuando se aborda la baja representación de mujeres en las altas jerarquías, tanto en empresas como en instituciones de educación superior, es que no “no hay mujeres”. Y precisamente por esto se crea la Fundación Hay Mujeres y organizaciones como la Red de Investigadoras. Ambos espacios reúnen expertas de diversas áreas, con extraordinarias calificaciones y méritos para ocupar puestos de liderazgo en todos los ámbitos y en los más altos niveles.

Creo que existen varios niveles de intervención, pero todos ellos deben converger en políticas públicas. Las acciones afirmativas han demostrado ser una vía efectiva, pero no la única. La Red de Investigadoras ha elaborado 13 propuestas para abordar los problemas más urgentes en este ámbito. Por ejemplo, creemos que las acciones afirmativas en fondos concursables no son suficientes si las beneficiarias deben ejecutar esos fondos en instituciones profundamente masculinizadas, como las universidades, que reproducen e incluso normalizan brechas de género, entonces ¿cómo modernizar estas instituciones? Una vía sería la acreditación. Este sello de “calidad” que reciben las universidades y que las habilita para ser receptoras de fondo públicos no deberían ser acreditadas si no aseguran equidad de género en todos sus niveles, por ejemplo, en la enseñanza o en la conformación de grupos de investigación con equilibrios de género.

Este último punto es crítico, porque la mayoría de la investigación no solo excluye a la mujer en su elaboración, sino que como objeto de la misma. Es un escándalo el hecho de que incluso en enfermedades prevalentes en la mujer, la mayoría de los estudios biomédicos y clínicos sean realizados en machos, en hombres. ¡Estamos estudiando un solo sexo y un solo género! Imaginemos si a un paciente hombre un médico o una médica le dice: “tome este medicamento con toda confianza, es muy efectivo y no tiene efectos secundarios, fue probado en 500 mujeres”. Esto ocurre, pero al revés.

En mi carrera profesional, he enfrentado y vivido la brecha salarial. Aunque no es mi realidad actual, me han pagado menos salario por la misma labor, teniendo las mismas calificaciones y nivel de responsabilidad que mis pares masculinos, lo que refleja un reconocimiento desigual de méritos. Lo he enfrentado enérgicamente, pero el muro es enorme y he terminado renunciando. El problema es que cuando se enfrenta la discriminación y una mujer expresa su opinión, frecuentemente se le pone una etiqueta muy dañina, de conflictiva, histérica…, y otros calificativos para invalidar sus planteamientos. Yo he experimentado eso muchas veces, incluso en situaciones donde he señalado la falta de lenguaje inclusivo, me han calificado como “resentida”. Para mí, lo que no se nombra no existe, el lenguaje es importante.

Chile ha suscrito libremente una serie de programas y convenciones internacionales que obligan a nuestro país a contar con una estrategia transversal en todos los proyectos, acciones y políticas de gobierno que elimine todas las formas de discriminación hacia las mujeres. Solo por mencionar algunos, tenemos la Plataforma de Acción de Beijing, la CEDAW, Convención Belém Do Pará, la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible…, todas ratificadas por nuestro país.

El año pasado, en Medellín, los países que integran la Organización de Estados Americanos (OEA) acordaron fomentar la inclusión de las mujeres en espacios de ciencia, innovación y tecnología, objetivo que quedó plasmado en la declaración de la Quinta Reunión de Ministros y Altas Autoridades de Ciencia y Tecnología de las Américas (V REMCYT). Por esta razón, Chile debe incrementar las medidas para responder a los compromisos adquiridos; es la única manera en que podremos soñar con alcanzar un desarrollo sostenible como nación.

Creo que es necesaria una estrategia nacional unificada, que aborde cuestiones básicas como las labores de cuidado y la corresponsabilidad en la crianza de los hijos e hijas. Se requieren políticas y programas con enfoque de género en todos los niveles; por ejemplo,  las acciones afirmativas son un mecanismo probado mundialmente para asegurar participación, pero pueden no estar alcanzando el máximo impacto necesario si no se están asegurando mecanismos para combatir la discriminación que las investigadoras experimentan en el desarrollo, permanencia y progreso de sus carreras.

Podemos tener muchos mecanismos para el ingreso y la contratación, pero ¿qué hacemos con la doble jornada laboral una vez que las académicas están insertas?, sobre todo si seguimos naturalizando que la responsabilidad de la crianza sea exclusivamente de las mujeres. ¿Cómo aseguramos que sus méritos sean reconocidos y valorados en la promoción? ¿Cómo compensamos la laguna de productividad científica asociada a los recesos por maternidad? ¿Cómo velamos por la equidad salarial? ¿Cómo aseguramos que las comisiones, muchas veces masculinizadas, sancionen la adjudicación de fondos sin sesgo de género? ¿Cómo reducimos la violencia contra la mujer? ¿Qué hacemos con las estudiantes y académicas que son víctimas de acoso sexual en las universidades? Queda mucho por hacer, y el concepto es transversalizar y generar políticas intersectoriales.

El mensaje es claro. Y, en representación de la Red de Investigadoras, tuve la oportunidad de plantearlo a la Comisión de Ciencia y Tecnología de la Cámara de Diputados (ver acá video de la sesión): no vamos alcanzar el desarrollo, el progreso social y económico que anhelamos, sin equidad de género en todos los niveles de nuestra sociedad. Estamos poniendo la esperanza en el desarrollo científico.

Chile está ad portas de tener un Ministerio de Ciencia, Tecnología, Conocimiento e Innovación, pero este ministerio no logrará el impacto necesario, aun incrementado el porcentaje del PIB destinado a investigación si no aseguramos la participación de las mujeres, tanto en la estructura administrativa de la nueva institucionalidad, como en el desarrollo de nuevo conocimiento.

Debemos implantar como país estrategias para frenar la fuga de talentos femeninos de un ecosistema científico y tecnológico androcéntrico que es urgente modernizar. En este sentido, una unidad u oficina de género, con recursos y autonomía en niveles de decisión, instalada en el futuro ministerio es crítico. Estamos hipotecando nuestro futuro si no aseguramos un desarrollo en investigación que sea inclusivo.