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Felipe Serrano: Ilustrador de células

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Aunque desde pequeño comenzó a leer sobre ciencia, recién en un congreso escolar se dio cuenta de que era el área donde quería estar. Y así ocurrió. Dejó su casa en Puente Alto para establecerse en el centro, a pasos de la Universidad Católica. En ese plantel cursó el pregrado y también un magíster. Y tuvo la oportunidad de trabajar en neurobiología, en el laboratorio del destacado académico Nibaldo Inestrosa, con quien realizó investigaciones sobre conducta, memoria, aprendizaje, enfermedades neurodegenerativas y autoinmunes. Hasta ese momento llevaba una carrera científica promisoria, cuyo éxito se consolidaría con el término de su doctorado, que no concluyó. Decidió abandonar un mundo ligado al laboratorio para emprender con Illustrative Science, una empresa joven que se proyecta como una editorial científica hecha por científicos.

“La mayoría de los científicos tiene miedo -o rechazo- de salir de la ciencia; no sé si tanto por el qué dirán, sino más que nada por el qué voy a hacer. Uno siempre se va a topar con científicos que dicen que les hubiese gustado hacer algo, pero yo digo ‘¿por qué no lo hacen?’. Hay muchos científicos que saben escribir bien, que pueden dibujar bien o que son buenos políticos para negociar”, dice Felipe Serrano.

A lo lejos, parece otro estudiante más. Viste pantalón de tela de un color llamativo, que acompaña de una camisa clara remangada y de un bolso cruzado. Su aspecto juvenil y semiformal, se pierde entre tantos otros que se divisan en el patio de la Casa Central de la Universidad Católica. Aunque, en realidad, hace tiempo dejó de ser otro universitario más de ese plantel. Es biólogo y tiene un magíster en Biología Celular y Molecular. Felipe Serrano, de 30 años, quien pasa sus ratos libres en talleres de arte y literatura, renunció a una exitosa carrera como científico para cumplir su sueño.

“Es una crisis de especialidad”, afirma sobre el momento en que determinaba su continuación en el postgrado. Y aclara: “Estaba en un momento en que iba bien en el doctorado, había presentado el proyecto de tesis…, y si seguía así no iba a parar hasta en dos años más. Estaba fregado. Y si me retiraba, tenía que partir de cero”. Se encontraba entre la espada y la pared.

“Si partía con los dibujos, pensaba ‘¿quién podría recibir a un ilustrador científico que trabajaba en un Laboratorio de Biología Celular y Molecular si no existía esa pega?”, se cuestionaba con respecto a la incertidumbre laboral que le deparaba si hacía oficial su decisión. Simultáneamente, tuvo que lidiar con las reacciones de los académicos que lo habían contratado y que lo perfilaban como uno más de sus colaboradores, quienes entraron “en crisis” una vez que les fue comunicada su resolución. “Nibaldo entró en crisis. Alfonso González siempre me dijo que no podía hacer esa cuestión, que tenía que terminar el doctorado. La jefa de carrera me decía que cómo era posible que cerrara el doctorado si solo me quedaba empezar con los experimentos, y le dije que no lo tenía claro”, recuerda.

El despertar de un científico

Su infancia y adolescencia transcurrió en el sector suroriente de Santiago, en Puente Alto. Estudió en el Colegio Las Nieves, donde estuvo hasta cuarto básico. Luego, continuó su formación en el Liceo Rosa Tocornal hasta cuarto medio. De este último establecimiento, que se caracteriza por “la calidad de sus docentes”, rememora cómo su profesor de biología influyó en su fascinación por la ciencia:

“Este profesor tenía contacto con la UMCE, con académicos asociados a Biología y Microbiología. Entonces armaron un grupo de estudiantes de tercero a cuarto medio. Y me invitaron a participar porque igual me iba bien en biología, para que conociéramos las técnicas de laboratorio y empezar a entender lo que era, por ejemplo, un experimento de química clásica, un Western blot o la electroforesis. Ahí conocí las micropipetas por primera vez y empecé a meterme en el mundillo”.

Se trataba de los eventos escolares que organizaba –y continúa haciendo- Explora de Conicyt. “Fui a una especie de congreso y, en esas presentaciones, empecé a hacerme la idea de estudiar una carrera relacionada con la ciencia. Aunque toda la infancia estuve siempre leyendo cosas de ciencia; era bastante ñoño cuando chico”, asevera. Y confiesa que de pequeño ya era lector asiduo de Icarito y de libros sobre ecología, evolución o astronomía.

Al momento de postular a la universidad, con 18 años, optó por carreras del área de salud y ciencias. Y, a pesar de que tenía como prioridad Medicina -opción que era celebrada por su familia-, terminó ingresando a Ciencias Biológicas sin saber con claridad en qué consistía. Había postulado a tres carreras en la Universidad de Chile, pero terminó inclinándose, tras los consejos de su padrino, por la Universidad Católica, “tanto por el prestigio como por su funcionamiento e infraestructura”.

Su familia, en general, aceptó sin problemas su decisión. Pero su padre no estaba muy contento con la noticia. “Mi viejo, al principio, no estaba muy feliz de que estudiara biología. Quería que estudiara una carrera que diera plata, más tradicional; una carrera que me diera estabilidad y cosas por el estilo. No lo pesqué mucho en realidad; quería estudiar lo que yo quería estudiar, así que igual quedé en biología. Entonces, a regañadientes se dio cuenta de que era una buena carrera”, detalla. Su madre, en cambio, lo aceptó inmediatamente. Sobre ella, menciona: “Y mi vieja no, estaba feliz en ese sentido. Mientras fuera feliz en lo que hacía, no había problema”. “Era la joyita en ese entonces”, dice, pues era uno de los primeros dentro de su familia en ingresar a una universidad tradicional.

Una vez formalizada su matrícula, dejó su hogar en Puente Alto para residir en el centro de Santiago, a pasos de su facultad.

¿Cómo fue tu experiencia en el pregrado? 

Era bastante desordenado en ese sentido. Era como quinto medio para mí, el primer año de universidad. Aunque pasaba los cursos y todo.

Ah, pero te iba bien.

Creo que me eché uno o dos cursos, recuerdo. Me eché Laboratorio de Química General, pero aprobé el teórico. Y después me eché Química-Física, pero también por andar tonteando. Si me hubiese puesto las pilas… De hecho, cuando entré a biología tenía que elegir cursos y estaba Química Orgánica Fundamental, que era como una orgánica suave, pero yo quería Química I y Bioquímica, así que me metí a Química I y lo pasé. Estudiaba lo que quería, pero súper disperso. Tomé muchos electivos del plan común de los bioquímicos, porque en realidad no me gustaban mucho los cursos que se impartían en mi carrera de las áreas que me interesaban. O sea, ecología es súper potente, pero ecología no es algo que me guste mucho; fisiología era más bien parejo para las dos carreras, así que no había problema. Pero los cursos más moleculares y celulares estaban casi todos tirados a bioquímica, entonces tenía que tomar cursos de ese lado.

¿Hubo algún académico que te haya inspirado en ese tiempo?

Me acuerdo que estaba buscando alguien con quién trabajar. Una de las opciones -siempre en el Departamento de Biología Celular- era Juan Larraín, pero en ese tiempo no tenía espacio, como que habían colapsado sus alumnos. Recuerdo que era un curso de Control Genético del Desarrollo, un curso de Biología Celular aplicado a Embriología, lo que encontraba genial, entonces quería estudiar eso. Y como no tenía espacio, la segunda opción -azarosa- fue trabajar donde Nibaldo Inestrosa.

Trabajando en el laboratorio del doctor Nibaldo Inestrosa

En tercer año de universidad, cuando comienza su gusto por la disciplina que estudiaba, fue aceptado en el laboratorio del doctor Nibaldo Inestrosa, Premio Nacional de Ciencias Naturales (2008) y director del Centro de Envejecimiento y Regeneración CARE Chile UC. En ese momento, Inestrosa le encomendó partir desde lo más básico. Comenzó preparando disoluciones, para continuar con tinción de tejidos en ratones transgénicos de alzhéimer. Más tarde, apoyado también por tutores, su rutina contemplaba la discusión de literatura científica para posteriormente replicar las técnicas. Ahí tuvo su primer acercamiento a la electrofisiología, incrementando de esa forma su interés por el estudio de la neurona.

“Nibaldo, más que nada, trabaja en la enfermedad de Alzheimer. Todo lo que está relacionado con el alzhéimer, desde el punto de vista funcional de la sinapsis. Pero también tiene una aproximación muy fisiológica, que son los estudios de memoria y aprendizaje en los animales. A mí me gustaba la plasticidad sináptica. Siempre me han gustado las neuronas, por lo que quise probar suerte ahí. Y un día me acuerdo que le dije al profesor y me dijo “sí, no hay problema, ven tal día”, aclara sobre el lugar que se convirtió en su segundo hogar y donde pasó más de 5 años trabajando.

¿Esa experiencia fue una pasantía en el laboratorio de Nibaldo?

Todos los cursos de práctica los pasé ahí, incluso el 296, que es una especie de tesina de los biólogos. En ese lugar el profesor tiene muchas colaboraciones, entonces no siempre trabajaba en el mismo tema. Era siempre “neuro”, pero “neuro” aplicado, por colocar un caso, a enfermedades autoinmunes como el lupus. Eran enfermedades producto del daño, por ejemplo, del retículo endoplasmático, relacionadas con alzhéimer, párkinson y cualquier otro tipo de enfermedad. Entonces era bastante más plástico poder abordarlo desde ahí. No decidí cambiarme a otro laboratorio porque me gustaba el área y me gustaba la forma de trabajo.

¿Cómo era la forma de trabajo?

En ese laboratorio había un dicho: “el más fuerte sobrevive”. Y es porque, a fin de cuentas, la gente te va a prestar ayuda, pero tienes que valerte por ti mismo en hacer las preguntas, cuestionarte y empezar a investigar…, a buscar. Si te quedas atrás, pierdes.

Es alta la exigencia del laboratorio…

Es alta la exigencia. En ese laboratorio se trabaja demasiado.

¿Cuál fue el trabajo más complicado que te tocó hacer?

Siempre el alzhéimer es complicado. Porque el sueño ideal de los experimentos en alzhéimer es que tu trabajas con unos ratones transgénicos, los tratas con una droga, la droga puede funcionar y salvaste al ratón. Eran los pasos secuenciales para evaluar si la droga funcionaba o no. Lo publicamos, pero costó publicar. Porque era una droga capaz de revertir ciertos efectos en el ratón. Era capaz de protegerlo y, a su vez, de restaurar el daño que tenía procesado. Y, claro, uno veía la electrofisiología, el ratón funcionaba perfectamente; evaluaba las conductas y los animales aprendían, y uno los veía y eran ratones completamente sanos. Comenzamos a hacer las tinciones y en las tinciones el animal aún estaba lleno de placas seniles, totalmente neuroinflamado. No podíamos entender cómo el ratón estaba totalmente dañado: eso costó explicar a la gente. Lo que explica la tinción o lo que explica ese daño: no es un daño, sino que se reduce todo lo que es inflamatorio. Es decir, protege y, aunque estén las placas seniles, el animal está sano.

En rigor, había un avance, pese a la presencia de las placas.

Es un resultado engañoso. Y, de hecho, ese paper, cuando se publicó, fue muy bien citado. Porque en realidad te hace entender que el alzhéimer no es solo tener placas en el cerebro, sino que es un concepto mucho más amplio. Si tú ves que una droga funciona y elimina placas: eso no significa necesariamente que estás curando a la persona o al animal, sino que te falta entender quizás el trasfondo. Entendimos que en realidad esta droga hacía un millón de otras cosas. Y eso fue bastante difícil de demostrar, y también uno mismo hacerse la pregunta si está bien o no hacer los experimentos. Los experimentos los replicamos un millón de veces y siempre daba lo mismo.

¿Siempre se centraron en enfermedades neurodegenerativas?

El tópico principal del laboratorio, más que el alzhéimer, es estudiar una vía particular de señalización que es la vía Wnt, que se presume que está involucrada en la enfermedad de Alzheimer. Entonces estudiábamos la vía Wnt y la aplicabilidad en la enfermedad. Así, desarrollábamos estudios sobre la vía Wnt: cómo poder apagar la vía, cómo prender esa vía, para después aplicarlo en el modelo transgénico. La idea central de la vía Wnt era estudiar cómo este proceso participaba en la memoria y el aprendizaje, en zonas específicas del cerebro como el hipocampo, que está asociado principalmente a la retención e incorporación de información en el cerebro. Y veíamos cómo esto se modificaba y, de acuerdo a eso, estudiábamos si la vía Wnt estaba o no involucrada. Y al parecer sí. En varios procesos dentro de la sinapsis y, por lo tanto, en la memoria y el aprendizaje.

Entre los hallazgos que obtuvieron de ese estudio, tú me dices que la vía Wnt está implicada en ciertos procesos en el hipocampo…

La vía Wnt es importante en neurociencia. Participa en los nichos neurogénicos o formación de nuevas neuronas, que están en zonas del hipocampo. Y, si mal recuerdo, participa también dentro de la misma sinapsis: es capaz de regular cómo se libera el neurotransmisor al espacio sináptico; cómo se regulan los receptores que son capaces de recibir esa señal en la sinapsis y potenciarla. Es decir, hacer que se favorezca, por ejemplo, la construcción o la formación de una sinapsis. También aumentar la complejidad de una neurona: que aumente el número de sinapsis, el número de dendritas… Eso está súper bien estudiado en el laboratorio.

El viaje que cambió todo

Transcurridos apenas cinco días desde que rindió su examen de grado, no le quedó más remedio que retornar al laboratorio. Fue en ese momento cuando lo reclutaron como investigador. Para concretarlo, por razones monetarias y estratégicas, debió ser contratado simultáneamente por dos académicos: Nibaldo Inestrosa, su mentor, y Alfonso González, quien se dedicaba a investigar el tráfico celular. Aunque en ese tiempo, el doctor González estaba interesado en investigar cómo ciertos anticuerpos estaban asociados a una variante de lupus, el lupus psicótico.

“Entonces hicieron una colaboración entre ellos y me dejaron a mí a cargo de sus experimentos y de las cosas que se podían plantear, más que nada como puente. Con esos dos profesores empecé a trabajar, y estuve como dos años trabajando con ellos. Eran reuniones con uno, reuniones con otro; trabajos con uno, trabajos con el otro…, entonces ahí sí que estaba trabajando a full. Fue la época más productiva”, relata.

Una vez contratado, ¿cómo era tu jornada laboral?

Tenía muy pocos ratos libres. Es que estaba tan motivado, tan ensimismado en la investigación, que no me daba cuenta del tiempo. Hubo un mes que estuve trabajando todos los días hasta las 2 a. m.; volvía a las 8 a. m. y seguía haciendo experimentos, porque era mucho trabajo, había mucha demanda. Y eran resultados entretenidos, porque esas cuestiones no existían. Empezamos a ver el efecto de los anticuerpos que se extraían de unos pacientes con lupus en las rebanadas para hacer electrofisiología. Ahí las neuronas se volvían locas, se disparaban, entraban en estado apoptótico y dejaban la pura escoba. Se lo daban a los ratones: los ratones no aprendían; se les discontinuaba el anticuerpo y volvían a aprender y a recuperarse. Estaba encerrado; no veía la luz del día literalmente. Fue una época de mucha producción, pero también de mucha esclavitud científica.

Con tan poco tiempo, ¿en qué momento decidiste ingresar al doctorado?

Durante el “primer año de esclavitud” entré al doctorado por sugerencia del profesor. No estaba tan interesado.

Cuéntame más acerca de tu experiencia en el doctorado.

Nibaldo era mi jefe principal. Aunque igual un tiempo me estuvieron peleando para ver dónde hacía el doctorado, con uno o con el otro. El primer año no quería hacer el doctorado, no estaba interesado. Di la presentación -porque uno tiene que dar una presentación de paper-, y luego tienes una entrevista con todos los profesores. En la presentación me fue súper bien y, después, en la entrevista notaron que no estaba interesado. Cuando llegó la respuesta: no quedaste. “Ah, bueno, está bien”, dije. Todos me preguntaban si me sentía mal, pero no me sentía mal. No estaba tan seguro de hacerlo, así que tampoco fue algo tan grave. Con todo lo que había aprendido en el colegio, que te fuera mal no era tan grave después de todo, estaba acostumbrado a eso.

¿Qué pasó después?

El segundo año quise postular de nuevo. Presenté el paper. El paper lo presenté pésimo, fue al revés. Pero en la entrevista estaba súper motivado. Entonces los profesores habían considerado el historial de publicaciones; sabían que trabajaba mucho en el laboratorio y sabían que en la entrevista me había ido súper bien. Y me dijeron que el paper no era tan necesario, pero que en la entrevista se notaba lo que quería, que estaba mucho más claro en comparación al año pasado. Y entré al doctorado.

¿En el doctorado continuaste la misma línea de investigación?

Era la misma línea de investigación, pero en el transcurso de la historia había colaboraciones, entonces había temas que eran completamente distintos al que hacía. Por ejemplo, el de estrés del retículo endoplásmico. Querían saber si proteínas del retículo endoplásmico estaban asociadas con procesos de memoria y aprendizaje, o si las neuronas se veían realmente afectadas. Y si uno lo revierte, es capaz de mejorar la memoria, la conducta o restaurar los niveles fisiológicos del animal. Era algo nuevo y me motivé.

¿En rigor, el doctorado era en Biología Celular y Molecular o en Neurobiología?

No. El doctorado era en Biología Celular y Molecular, pero la especialidad que estaba sacando era en Neurobiología. Yo estaba enfocado en neurobiología por interés mío. Entré al doctorado y, en el verano de ese año, había postulado al curso internacional de la Society for Neuroscience, que es para latinos, que en ese tiempo se llamaba Ricardo Miledi. Te dan un mes de estadía en una universidad latinoamericana y con profesores y todo el cuento. Me gané esa cuestión. Entraba al doctorado un viernes; recuerdo que era un viernes primero de marzo y el 3 de marzo tenía el taller. Me fui por un mes a Argentina. Después volví y comencé a conocer a todo el mundo. Me perdí un curso, pero igual recuperé todo. Igual fue como loco.

¿Cómo fue esa experiencia?

Fue genial, porque te encuentras con diferentes científicos, que están recién empezando. Pero te das cuenta de que todas las cosas que pasan en este país, pasan en toda Latinoamérica. A veces con problemas de trámite, de nivel de publicación, que te estás atrasando con los experimentos, que a veces hay profesores que te explotan, otros que no… La misma dinámica. Y todos llegábamos a las mismas conclusiones. Era chistoso porque te das cuenta de que lo que vives en un laboratorio, lo vives de forma transversal en todos los laboratorios. Te ríes, la pasas bien. Aunque de 8 a. m. a 1 p. m. era teórico -te dan una hora y media de almuerzo-, y de ahí hasta las 8 p. m. haciendo experimentos, por un mes, y tenías que presentar los domingos. Conocí bastante poco, pero alcancé a pasear.

¿Qué es lo que más rescatas de ese viaje?

En el pregrado tomaba apuntes y siempre hacía todo mediante dibujos: esquematizaba y conceptualizaba. Entonces llegaba a una clase de Nibaldo, dibujaba la sinapsis, la alumbraba, la rotulaba; hacía flechas, procesos y todo lo iba dibujando. Y como que en el curso hice la misma cuestión. Entonces me dijeron que dibujaba bien y me propusieron que hiciera el logo de la polera. Me puse a jugar con Illustrator. Hice una cuestión fea en ese tiempo, pero me dijeron que había quedado genial. Y me fui con la idea picando a Chile. Llegué a Chile, me compré un tablero que costaba 20 lucas, una cuestión piola, instalé los programas y empecé a dibujar. Y ahí llegué a la idea de la ilustración científica. Pero era hobby al principio. Quería recuperar el dibujo de vuelta, porque lo tenía perdido. Y ahí empecé a meterme en el cuento.

La renuncia al doctorado

Me acuerdo que en el colegio dibujaba, pero dibujaba poco. Era bueno para hacer esquemas, para ordenar las ideas. Y esa ventaja se potenció mucho en el laboratorio. Ordenarme -desde el método científico- cómo hacer los experimentos, qué es lo que se espera, cómo asociar las ideas para hacer un paso secuencial de experimentos…, y eso lo veía mentalmente. Lo siguiente fue solo soltar la mano y traspasar lo mental a algo más físico. Pero sí, dibujaba, pero lo que haría cualquier cabro chico; dibuja cosas simples: dibujos animados…, de naturaleza muy poco”, precisa sobre su experiencia con el dibujo en la niñez.

Mientras sigue rememorando tiempos pasados, afirma que también le gustaba leer sobre ciencia; particularmente, libros de anatomía, donde las formas captaban su atención. “Lo de infancia y ciencia era más que nada soltar la imaginación y cuestionar todo. Ese era el concepto en esa época”, dice, mientras reflexiona sobre el origen incipiente de una habilidad que más tarde complementó con su conocimiento científico. Y recalca: “Llegué acá –al laboratorio- a dibujar; hacía dibujos simples al principio de vías de señalización, y eran feas las cuestiones, y me decían que estaban buenas, dentro de la fealdad que había en ese tiempo. Por ejemplo, los profesores hacían presentaciones en Power Point y yo miraba y pensaba que le podían sacar más provecho, porque era importante”.

Habitualmente las presentaciones de los profesores son solamente texto y hay muy pocas imágenes.

Nibaldo tenía la costumbre de que él hacía las presentaciones, él hacía las animaciones. A él no le gustaba, pero lo hacía. Y por equis motivo me pregunté “¿por qué no le muestro mis trabajos?”. Le pasé un dibujo, le gustó y lo quería publicar en un Review. Aunque era solo un dibujo, me dijeron que tenía que cobrar. Cobré 15 lucas por el dibujo, y me dijo que estaba bien. Nibaldo hace unas 30 publicaciones anuales: es una máquina de publicaciones. Así comenzó a pedirme dibujos.

¿Qué ocurrió después con esa habilidad?

Empecé a hacer dibujos y ahí comencé a soltar la mano. Al principio me limitaba a los conceptos que estaban dentro de las publicaciones: cómo dibujaba Nature, cómo dibujaba Cell, cómo dibujaba Science… Y dentro de esos perfiles, que eran esquemas básicos de círculos, cuadrados y uno que otro retoque artístico, comencé a soltar la mano y a agarrar vuelo de la nada. Porque me pedían esquemas y me decían que había quedado bien, y “por qué no me dedicaba a eso”. Eran los típicos comentarios de laboratorio. Como estaba en medio del doctorado, les respondía que cuando lo terminara iba a armar esta veta.

¿Qué te pasaba con esas reacciones en torno a tus dibujos?

Empecé a entender que era entretenido, me gustaba y lo pasaba bien. Era importante, porque si una publicación científica tiene buenas ilustraciones, que son capaces de entenderse, el paper va a ser mucho más citado. Desde el punto de vista estratégico, tiene que ser una buena ilustración, porque es mucho más fácil de entender. O desde el punto de vista biológico, entre más estimulación le des al cerebro, desde el punto de vista de los colores, texturas, perspectiva… Que el dibujo utiliza ciertos colores para destacar ciertas cosas. O si la proteína, en vez de ser un círculo, es la estructura que te entrega la base de datos de proteínas.

¿Qué ocurría con tu doctorado mientras avanzabas en el plano artístico?

Llegó un momento en que tenía publicaciones, estaba bien en el doctorado –de hecho, fui a un congreso en Francia de estudiantes de doctorado-, quería irme a Francia a estudiar… De repente iba tan bien… Y el dibujó empezó a abrirse camino. Era gratificante cuando publicaban mis dibujos en un paper o una portada. Era distinta a la gratitud que tienes por una publicación científica, que es importante, pero desde el punto de vista personal, cuando entiendes que tu dibujo era un poco más profundo, era mucho más bacán. Hasta que llegué al límite que chocaron los dos.

¿Qué pasó ahí?

Es una crisis de especialidad, por decirlo así. Estaba en un momento en que iba bien en el doctorado, había presentado el proyecto de tesis…, y si seguía así no iba a parar hasta en dos años más. Estaba fregado. Y si me retiraba, tenía que partir de cero. Si partía con los dibujos, pensaba “¿quién podría recibir a un ilustrador científico que trabajaba en un Laboratorio de Biología Celular y Molecular si no existía esa pega?”. Así que una vez que aprobé el proyecto de tesis, decidí salirme del doctorado. Y los profesores entraron en crisis. Nibaldo entró en crisis; Alfonso González siempre me dijo que no podía hacer esa cuestión, que tenía que terminar el doctorado; la jefa de carrera me decía que cómo era posible que cerrara el doctorado si solo me quedaba empezar con los experimentos, y le dije que no lo tenía claro.

Y me acuerdo que tuve una reunión con el profesor, para contarle que me iba a retirar del doctorado y del laboratorio, y me dijo que estaba apurado pero que lo acompañara a almorzar. Le dije que me iba a retirar del laboratorio, que me iba a retirar del doctorado, y que me iba a dedicar a la ilustración científica. En ese momento lo tomó bien, porque le dije que iba a sacar todos los experimentos y todos los papers, pero que dejaba de continuar en el laboratorio. Y me dijo “¿qué vas a hacer con tu vida?”. Porque el concepto de investigador es si te sales del doctorado, te sales de la investigación; no puedes hacer nada más, a menos de que termines haciendo clases en la universidad. Es lo opuesto a hacer investigación. Es el miedo de algunos investigadores. Es el miedo transversal que tienen todos los investigadores. Entonces, le dije que no, que me quedaba en la ilustración científica y que me siguiera pagando por los dibujos que hacía. Porque tampoco me iba a ir por la puerta ancha sin tener contactos todavía. Me fui del laboratorio, cerré un par de investigaciones, cerré todas las cosas posibles para ese año y después preparé la carta de renuncia al doctorado. Ahí tuve la primera pelea, que fue con Conicyt. Como tenía un año de beca Conicyt, tenía que fundamentar por qué me estaba retirando del doctorado y por qué estaba renunciando a la beca. Una cosa es que uno renuncie a la beca por una cuestión súper potente -enfermedad terminal-, o la otra es que te retires y no entiendan el por qué te estás retirando.

¿Cuánto tiempo estuviste peleando con Conicyt?

Meses. Eso lo hice el 2014. Recién el año pasado me llegó una carta de Conicyt de que tenía que presentar todo de nuevo. Menos mal que tenía todo guardado. Tuve que argumentar por qué estaba renunciando; adjuntar un certificado de un psiquiatra. Y el psiquiatra tenía la ventaja de que sus padres eran investigadores del área de la Física. Entonces me dijo que me entendía completamente, porque conocía la crisis existencial de los científicos en el momento en que no quieren seguir el doctorado o investigando. Y me dijo que en mi caso era una especie de crisis vocacional que me impedía hacer el doctorado. Y eso era un conflicto para mi estadía en el doctorado. Porque si seguía en el doctorado, iba a tener solo problemas a la larga; no tenía sentido hacerlo. Aún no me llega la resolución y no sé en qué va, espero que bien.

Abandonar todo por un sueño

 “Renuncié al doctorado y comencé mi primera época de freelance. Estaba en mi casa cuando me llegaba uno que otro pedido de laboratorio. Aunque me fui del laboratorio, igual me pedían dibujos. Si estaba en la casa, no iba a hacer nada, así que igual. Faltaba un mes al laboratorio, volvía al mes siguiente y me preguntaban qué hacía ahí. Les respondía que estaba dibujando. Me acomodé en un rincón del laboratorio con el computador y empecé a dibujar ahí. El profesor me aguantó que haya vuelto como ilustrador al laboratorio. Y empecé a trabajar. Estuve desde agosto de 2014 hasta agosto de 2015 como freelance, dependiendo de dibujos que llegaban de forma esporádica. En ese tiempo invertí en crear una página web, en desarrollar publicidad y gestionar mis contactos, que eran estudiantes de doctorado. La ventaja era que estaba dentro del laboratorio y podía moverme entre diferentes laboratorios. Y ahí me empezaron a pedir diferentes trabajos”.

¿Por cuánto tiempo te desempeñaste como trabajador independiente?

En ese tiempo, una profesora, la Pilar Vigil, quería personas encargadas de diseño en su Instituto en investigación en Salud Reproductiva. Y me dijo que me podía contratar. Y acepté. Me contrató por media jornada durante un semestre. Además, la profesora me aguantó todo el tiempo que estuve enfermo, haciéndome exámenes. En noviembre me mejoré. Y empecé a trabajar a full y a actualizar todo lo que ya tenía. Trabajaba en torno a la ovulación, cambios hormonales… Tenían información, pero desactualizada, y también en diseño: eran dibujos muy viejos y bien básicos. Como ya había soltado la mano, empecé a trabajar ahí.

En marzo postulé al diplomado en Diseño Editorial de la Universidad de Chile, en la Facultad de Arquitectura y Urbanismo. Esa fue la segunda puerta de entrada, porque la primera era aprender lo qué era la ilustración, y la segunda todo lo relacionado desde el punto de vista editorial y cómo funciona una editorial. Conocí los tipos de programas, las estrategias del uso de las tipografías: qué tipografía te conviene, cómo usarla, qué colores usar, los recuadros… Todo eso lo aprendí en el diplomado. Terminé el diplomado -que duró de 6 a 7 meses, viernes en la noche y sábados en la mañana, que era puro taller- y volví a trabajar con la profesora. Ella quería actualizar un libro. Miré el libro y comencé a participar en su diseño editorial. Le gustó como estaba trabajando. Y en marzo del año siguiente (2016) me contrata por jornada completa. Ahí me empezó a dar más atributos, más libertades. Yo comencé a entregarle propuestas. Porque al principio los profesores son bien regañadientes: eso pasa con todos los profesores de universidad.

Finalmente ella estaba bien conforme con tus ilustraciones…

Claro. Más que nada con el diseño editorial. Porque ella tenía un libro sobre la ovulación y no tenía la personalidad de un libro. Entonces ahí traté de que entendiera que el formato de libro es diferente. Ahí el libro agarró su identidad. Lo otro eran las presentaciones, desde el punto de vista del diseño.

¿Cómo era tu jornada en ese entonces?

Mi jornada ahí era completa. Después me dedicaba a hacer los dibujos, o si tenía que ir al laboratorio, iba más temprano. Si los profesores querían un dibujo, comenzaba a desarrollarlo. A veces tenía reuniones con la profesora y le preguntaba qué tenía que hacer. Un día me necesitaba de neuro, porque le gusta la parte del cerebro y las hormonas. Empecé a trabajar más en neuro, a buscar papers… Y otros días me dice “¿sabes? tenemos que ver cómo usar este afiche”. Ahí me tiene pimponeando.

Illustrative Science, una empresa joven que se proyecta como editorial científica hecha por científicos

Ilustración científica sobre neurogénesis. Crédito: Felipe Serrano.

Hace dos años fundaste Illustrative Science, una empresa dedicada a la ilustración y diseño gráfico y editorial para publicaciones y presentaciones científicas. ¿En qué está en este minuto?

Yo creo que la empresa va creciendo, va bien. Porque muchos científicos se pasan el dato y empiezan a tomar confianza y a decirme que vieron uno de mis dibujos y que les gustó; otros se me acercan preguntando por recomendación de sus colegas sobre cómo funciona la empresa, y les explico todo. Y cada vez se están sumando más profesores. La idea de Illustrative Science es crear una editorial en el futuro: una editorial científica hecha por científicos, ese es el sueño de proyección que tengo. Poder desarrollar libros, a distintos públicos, y llamar a los profesores o a científicos que les guste un tema y que lo quieran abordar, pero no saben cómo. Porque hay muchos científicos que se quedan estancados ahí, porque no entienden cómo hacer los esquemas, cómo perfilar el libro ni cómo dirigirlo al público.

¿Qué tipos de trabajos se realizan en Illustrative Science?

Además de ilustraciones, a veces me toca hacer credenciales, aunque la mayoría de las veces son dibujos. Y, pese a que podría contactar a los profesores por teléfono, opto por visitarlos, donde ellos se toman su tiempo y me explican qué es lo que quieren. Por correo electrónico me pueden decir muchas cosas, pero idealmente es conversarlo cara a cara. Después, cuando tengo claro lo que realmente quiere, nos contactamos sin problemas por mail. Llevo como tres años con esta empresa y va bien. El primer año eran más artículos, el segundo año eran más Review y proyectos Fondef y cosas así. Y ahora se está tirando la balanza hacia los Review, porque los profesores confían más en los Review ahora. Es una bonita estrategia, ya que la gracia de los Review es recopilar toda la información que has estudiado por años. Entonces sería una lata que al hacer un Review, donde colocaste todo tu esfuerzo y que son los experimentos que has desarrollado por años, nadie los agarre. Nadie entiende que el mensaje es importante. Esa es la apuesta que yo creo que tienen los profesores en la actualidad, más que nada tirarse a los Review y a los Graphical Abstract, que es más que nada una necesidad.

¿Estás trabajando con más gente?

Hasta el momento todo solo, y todo para “ayer”. Por ejemplo, ahora me llamaron dos profesores que necesitaban en total siete dibujos. La demanda es súper alta y tengo que estar concentrado dibujando. Pero es un arma de doble filo, porque, en realidad, me pregunto “¿dónde encuentro un investigador que se haya retirado del doctorado, que no quiera dedicarse a la investigación y que se quiera dedicar simplemente al diseño, que lleva bastante tiempo haciendo eso?”. Es difícil hallar alguien con esas características. Pero no me doy cuenta, porque la cuestión igual me entretiene. Y la cuestión es una maquinaria de aprendizaje, porque si veo los dibujos, han evolucionado demasiado. Es tanta la demanda a veces que, de repente, tengo que improvisar. Pero es relativo. Cuando hago el dibujo, no parto sabiendo lo que voy a hacer. Comienzo haciendo círculos, trazo una línea, pienso en los colores… Empiezo a dibujar un borrador de lo que hago. No tengo nada claro hasta que se prende la ampolleta. A veces me han preguntado si me he arrepentido, y yo respondo que es la mejor decisión que tomé en ese momento.

 ¿Qué es lo más gratificante del trabajo que realizas en Illustrative Science?

El clímax del trabajo es la gratificación de los profesores, cuando dicen que un trabajo me quedó fantástico. Cuando soy capaz de conectarme con lo que realmente investigan. Entiendo bien lo que están haciendo. Y cuando consigues eso es genial, porque sientes que vas bien encaminado. O sea, muy pocas veces los profesores me dicen que no querían un trabajo determinado, pero solo manifiestan intención de hacerle cambios, que son siempre cambios mínimos. Creo que tengo buen ojo para saber lo que los profesores quieren realmente representar. Eso es gratificante, saber que lo que estás haciendo está bien, porque entienden y aceptan los cambios que les entrego, mis golpes de originalidad. Y también te lo agradecen mucho. La gratitud en los profesores es muy reconfortante para uno mismo también.

Sinaptopatías. Crédito: Felipe Serrano.

Entre el vaivén de su trabajo en Illustrative Science y su responsabilidad como director en Investigación del Instituto en Investigación en Salud Reproductiva (RHRI, por sus siglas en inglés), cuenta que entre los trabajos más demandados por docentes e investigadores están los Graphical Abstract y las presentaciones, que se roban todo el protagonismo. Asimismo, detalla la ventaja de ser científico y la vez ilustrar sobre ciencia: “Los profesores desconfían de que una persona que haga diseño vaya a entender lo que le están explicando. Después recuerdan que soy biólogo, y me dicen ‘la proteína tanto’ y yo les digo ‘sí, conozco esa proteína’. Y ahí se explayan”.

Ilustraciones que retratan la sinapsis: sinapsis inmadura y sinapsis madura. Crédito: Felipe Serrano.

El sueño ideal o lo que yo proyecto a futuro sería que estas cuestiones convergieran y se fusionaran en algún minuto. Que la presentación de un científico sea una presentación que involucre mucho diseño. Que sean capaces de representar lo que quieren explicar. Si una revista científica incluyera diseño de verdad, sería sorprendente. Podrías jugar con las tipografías dentro del texto, individualizar cada concepto, darle un esquema, darle una conexión con otro y armar algo mucho más complejo; pero algo mucho más libre y entendible, que un típico gráfico que no se entiende porque te da lata leerlo o porque la figura no dice lo que quiere decir y que las referencias no tienen nada que ver con lo que están explicando. Si todo eso pudiera converger a algo mucho más nuevo, sería genial.

Octodon degus, también conocido como Degú. Se visualiza el hipotálamo del mamífero en la vejez. Crédito: Felipe Serrano.

Mientras habla de sus proyecciones como ilustrador científico, reflexiona en torno al temor de otros científicos para hacer lo que verdaderamente les apasiona, y señala: “La mayoría de los científicos tiene miedo -o rechazo- de salir de la ciencia; no sé si tanto por el qué dirán, sino más que nada por el qué voy a hacer. Uno siempre se va a topar con científicos que dicen que les hubiese gustado hacer algo, pero yo digo ‘¿por qué no lo hacen?’. Hay muchos científicos que saben escribir bien, que pueden dibujar bien o que son buenos políticos para negociar. Yo creo que falta dar ese salto de muchas personas que probablemente no deberían estar solo en la ciencia, sino que pueden hacer algo mucho mejor o contribuir de una mejor forma. Lo ideal sería que los científicos se dedicaran a hacer clases, no sé si clases en colegios, pero tener ese nivel de contacto con las nuevas generaciones”.

¿Quién es Felipe Serrano? Acá, una de sus ilustraciones. Crédito: Illustrative Science; por Felipe Serrano.