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¿Cansado de manejar? Tranquilo, los autos autónomos ya llegaron

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autos autónomos
Sebastián Espinosa, académico de la Universidad San Sebastián.

En esta columna de opinión, el académico de Ingeniería Comercial de la Universidad San Sebastián y Master of Science in Management en la Universidad de Stanford, Sebastian Espinosa, argumenta por qué los autos autónomos dejarán de ser un cuento de ficción.

Sebastián Espinosa, académico de la Universidad San Sebastián.

Si alguna vez estuvo en discusión si los autos autónomos (autos que no necesitan de conductor) serían una realidad, hoy la pregunta es cuándo estarán en las calles, pues ya no hay dudas de si efectivamente esta tecnología se implementará o no en nuestras ciudades en el futuro.

En Silicon Valley -lugar donde vivo en la actualidad- cada cierto tiempo veo en las calles un auto autónomo de testeo de Google con un conductor pasivo (que solo toma el volante para ocasiones de emergencia); mientras que, en otras localidades como Pittsburg, Uber prueba a toda carrera su última tecnología de automóviles sin conductor.

Otros países en Asia y Europa no se quedan atrás. En Singapur, la start-up Nutonomy ya está haciendo las primeras pruebas con taxis-autónomos en la ciudad, planeando su ingreso definitivo en las calles de la “ciudad estado” en 2018. En Inglaterra y Alemania, Ford comenzará a probar prontamente sus nuevos modelos de autos autónomos, con la promesa de lanzarlos como flotas para sistemas de viajes-compartidos el 2021. 

La existencia de autos autónomos dejará prontamente de ser un cuento de ciencia ficción. Con estos avances ya en camino, comienzan a surgir proyecciones sobre su impacto y dilemas éticos que como sociedad tendremos que debatir, antes de que esta tecnología esté implementada en nuestras calles.

Se espera que esta tecnología tenga un impacto profundo en la sociedad, la economía y en la manera de movilizarnos, además de transformar radicalmente industrias completas como la automotriz y la de seguros.

Los autos autónomos generarán un incremento en la eficiencia en el uso de calles y estacionamientos de la ciudad, dado que podrán conducir a centímetros del auto siguiente, optimizando el uso de las calles, y podrán estacionarse en lugares hoy inutilizados. Más relevante aún, es que podrían disminuir hasta en un 90% los accidentes de tránsito (causados por errores humanos al volante) y llegar incluso a transformar el sistema de propiedad de los vehículos, dado que cada persona podría seleccionar el auto que más le satisfaga según la ocasión específica de su viaje.

Ahora, sobre los dilemas éticos, ya se contempla el momento en el futuro cercano donde alguien (¿gobierno?, ¿sector privado?, ¿cada pasajero?) deba programar al auto para reaccionar frente a situaciones extremas de la vida real. Por ejemplo, si el auto debe decidir autónomamente entre atropellar a niños que por error están cruzando la calle o desviar el auto hacia un costado, chocar y lesionar gravemente a su conductor, ¿Qué debe hacer? ¿Qué decisiones programamos en la computadora que está detrás?

Otro dilema es el importante impacto en el empleo que esta tecnología traerá, con miles de personas dedicadas al rubro del transporte viéndose afectadas por la pérdida de sus puestos de trabajo. Se requerirá de entidades públicas y privadas que ayuden con capacitación y re-colocación laboral para estas personas durante los períodos de transición hacia sus nuevos empleos.

A pesar de que es improbable que tengamos calles únicamente con autos autónomos en el futuro inmediato – más que por la tecnología, por el tiempo de adaptación y las regulaciones existentes-, si nos queremos subir al carro de la modernidad, es momento de proyectar el futuro de nuestras ciudades incluyendo esta nueva tecnología. La comenzaremos a ver con cada vez más frecuencia, partiendo por aplicaciones específicas en sectores como la agricultura, la minería y el transporte de carga entre ciudades.

Creo que es fundamental tener este fenómeno monitoreado y generar hoy planes de acción para el futuro. Recordemos que el transporte de pasajeros en nuestra capital ya fue impactado por una repentina oleada tecnológica, que no vimos venir, llamada Uber. Lo que viene ahora no es una oleada, sino un tsunami tecnológico que aún no podemos prever sus consecuencias completas. Si Chile quiere participar de esta revolución tecnológica y social, y no ser impactado de manera negativa, el momento de comenzar a prepararse es ahora.